La Leyenda de la Piedra de Rayo

Cuentan los pastores que sus primeros antepasados descubrieron el secreto del rayo. Lo descubrieron y decidieron no olvidarlo. De ello dependía su supervivencia. Pensaron que el rayo llevaba en su punta de fuego una piedra muy peligrosa.

Alguien debió de afilarla de manera concienzuda, meticulosa, implacable. Su filo corta mejor que el de un hacha. Es esa piedra cortante la que provoca tantos daños como los que provoca el rayo, la que abre un árbol por la mitad, la que destroza la chimenea de una casa, la que traspasa a una persona haciéndole un agujero de la cabeza a los pies, la que mata a un rebaño de ovejas que se cobijan bajo un roble. Claro que muchas veces el rayo cae sobre la tierra sin causar ninguna desgracia. En esos casos la piedra afilada que lleva en su extremo queda enterrada en el suelo. Lo hace, debido a la velocidad con que baja el rayo, a una profundidad considerable de siete metros. Siempre son siete metros. Ni uno más ni uno menos. Y es entonces ahí, en la oscuridad del subsuelo, cuando se produce un hecho misterioso. La piedra sepultada comienza a subir hacia la superficie.

 

¿Quién la empuja? ¿Hades, el rey del inframundo, que puede ver allá donde los mortales no ven? No lo sabemos. Lo que sabemos es que sube a un ritmo progresivo: cada año, un metro. Así que siete años después, la piedra ya está arriba, a la luz del sol. Estas piedras de rayo son muy codiciadas. Los pastores las buscan por el campo con ahínco. Porque si tienen la suerte de encontrar una, ya jamás deberán temer a los rayos.  Esa piedra, antaño maligna, se ha vuelto ahora benefactora. Siempre que la lleven consigo los pastores (y también los que no somos pastores), nos amparará de los estragos de las tormentas.

¡Bendito amuleto la piedra de rayo! Más protectora que un pararrayos.

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